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Tarea por la clase de Carmen, los jueves a las seis, 31 de octubre, 2019

Una historia verdad

 

Cuando era niña, todos los días cenábamos juntos mis padres, mis dos hermanos, mi hermana y yo.  Mi madre siempre cocinaba una comida de carne o pollo, o algunas veces pescado, con papas o arroz y un vegetal y mis hermanos y yo teníamos que comer todo en nuestros platos.  En aquel tiempo, muchas familias comían vegetales entelados, pero yo los detestaba.  ¡Puaf!  ¡Qué asco! 

 

Un día, mi madre preparó lo normal – carne, papas y un vegetal.  No recuerdo que tipo de carne o como preparó las papas, pero recuerdo los vegetales – eran guisantes.  No me malinterpreten, me gustan mucho guisantes frescos.  Ellos son un verde subido y tienen un sabor dulce.  Pero los guisantes entelados son un verde palidecido y triste, como la verde de un traje militar.  Y su sabor es el mismo, palidecido y triste. 

 

Pues, ¿Qué pude hacer?  Era un dilema muy difícil, pero pensé en un plan.  Mientras toda la familia comía y hablaba, secretamente puse mis guisantes, cucharada por cucharada, en la vajilla de mi hermana cuando nadie miraba.  Cuando mi hermana se fijó en que hice, dijo en una voz muy alta, «¡Mama!  ¡Papa!  Miren a mi vajilla.  ¿Ven qué Mary hizo?  ¡Ella puso sus guisantes en mi vajilla!»

 

Todos me miraron.  Yo dije, «¡No me gustan los guisantes!  No quiero comerlos.  ¿Por qué tengo que comerlos?  No es justo.» 

 

Antes de mis padres pudieron decir cualquier cosa, mi hermana dijo con una sonrisa presumida, «Me gustan los guisantes.»

 

Mi padre miró a ella y le dijo, «Si le gustan los guisantes, entonces tú comerás todos.»

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